Cuando te has gastado tus últimos cincuenta soles en un prostíbulo, cuando ya no quieren fiarte cerveza en la cantina, cuando la tía del menú te hace escándalo en la calle, cuando el tipo de la tienda murmura conchetumadre, cuando la casera te cambia la chapa de la puerta, cuando tu hermano te pregunta por su televisor, cuando la vieja te exige su pensión, cuando tu exesposa te denuncia por alimentos, cuando dos colombianos te buscan en moto… es hora de encadenarse al volante y manejar. Voy por el sexto o séptimo día, dieciocho horas ininterrumpidas, media docena de energizantes y en los límites de la conciencia.

—Chicho, ya no jalo —me dice el cobrador. Su voz me viene dos semáforos atrás. Ya ni recuerdo su nombre.

— ¿Cuánto hay? —pregunto.

—Cuatro veinte —responde.

—Cinco cheques —digo.

—Ya no puedo, Chicho —dice.

—Cinco cheques y nos guardamos. Lo juro —digo.

—Juras y juras —oigo decir—. Pero nunca cumples tus juramentos. Por eso ya no te quiero.

Freno en seco a mitad de la avenida. Dos pasajeros aprovechan para saltar del bus. Los demás gritan y me insultan.

— ¿Qué fue? —pregunta el cobrador

— ¿Escuchaste eso? —pregunto

— ¿Qué cosa?

— No sé.

— Puta, Chicho, necesitas dormir —dice el cobrador.

Es verdad. Veo mis ojos a través del espejo retrovisor: sangre y una gruesa capa de sueño. Del espejo cuelga un peluchito hecho por mi hija, un regalo escolar por el día del padre. Es un oso blanco, ahora gris, sin adornos, solo un par de ojos saltones y una sonrisa dibujada con plumón. Mi amuleto de la suerte.

— Todo esto lo hago por ti —digo—. Te quiero, hijita— Pongo en marcha el bus.

—Yo no sé si te sigo queriendo —oigo decir.

¡Puta Madre!, es el peluche quien me está hablando.

— Flaco —grito al cobrador— no subas a nadie más. Nos vamos.

—Seguro que te vas a ir con tus putas —dice el peluche con la voz de mi hija imitando lo que sería la voz de un oso de peluche. No le hagas caso, me digo.

—Papi —oigo lo que dice, pero no pienso contestarle.

—Papi —vuelve a decir. No puedo evitar mirar: ahora el peluche no cuelga del espejo, sino que está sentado en él y se columpia.

—Papi… Papi… Papi cachaputas —dice y ríe por su ocurrencia.

—No hables así. ¿Quién te enseñó a hablar así, tu mamá? —digo. El peluche vuelve a reír, su risa está llena de vida e inocencia.

—Ya no te quiero —dice; y eso, definitivamente, me rompe el corazón.

— ¿Por qué dices eso? —pregunto.

—Porque no viniste a verme el domingo anterior, ni tampoco el anterior, ni el anterior. Ya no me quieres. Así que yo tampoco te quiero —el osito se ha cruzado de brazos y ahora me da la espalda.

—Este domingo sí iré. Te lo juro —digo, y estoy siendo sincero; no pienso ir a otro lado. No más prostíbulos y cantinas. Lo juro.

—Juras y juras, pero nunca cumples tus juramentos. Arderás en el infierno —dice el osito llevándose sus bracitos a la cara y empezando a llorar.

Maldición. Si hay algo que detesto es ver llorar a una persona, y peor si es mujer, y peor si es mi hija, y peor si es un osito blanco de ojos saltones y boquita pintada con plumón hecho por mi hija para el día del padre.

— No llores —digo—. Si dejas de llorar te daré un helado.

— ¡No quiero un helado! —grita entre sollozos en el instante que me salto una luz roja por intentar acariciarlo, así que tengo que subirme a la vereda para no chocar con un taxi, pero estuve a punto de matar a un vendedor de dulces.

Los pasajeros gritan del susto, pero el osito ha dejado de llorar y ahora ríe.

— ¡Qué divertido! —dice.

— ¿Te gustó? —pregunto.

—Sí —responde—. Y ya sé lo que quiero.

—Dime. Te daré lo que quieras.

El osito se ha bajado del espejo retrovisor y ahora está sentado en mi hombro. Me habla al oído y sus bracitos juegan con mi oreja. Nunca había sido tan feliz.

— Quiero esa bicicleta —me dice señalando a un ciclista que está a unos 50 metros adelante.

— Claro que te compraré una bicicleta. Hoy mismo la compraré —digo.

—Yo quiero esa —dice el osito sin quitarle los ojos saltones de encima al ciclista que está ahora a 20 metros de nosotros—. Y también al de la bicicleta —añade.

No sé qué me ocurre, pero acelero y le paso por encima al ciclista. Supongo que no quiero perder el amor de mi hija. El osito empieza a reír. Es la risa más hermosa que hay en el mundo. Los pasajeros gritan de horror. El cobrador viene hacia mí y me observa con ojos muy elocuentes: “No pienso ir a la cárcel por tu culpa”. Abre la puerta y salta.

— ¡Que nadie baje sin pagar! —grito mientras saco una enorme llave inglesa de la guantera. Nadie se atreve a levantarse de sus asientos. Una linda chica llora abrazada a su mochila y dos señoras se han tomado de la mano y rezan el Ave María y un viejo con sombrero me mira sin pestañear, está en shock.

Vuelvo a acelerar.

— Allá —dice el osito señalando a una tía gorda que está cruzando la avenida con un perrito—. Dámela.

—No —respondo—. Ya te di al ciclista. Es suficiente.

—El ciclista fue porque jamás llegas los domingos para llevarme al parque. Pero tampoco fuiste a verme a la actuación del colegio. Dámela o jamás volveré a hablarte. Y pon música, no soporto el llanto de esa puta de atrás.

Enciendo la radio y se escucha Ansiedad de Nat King Cole. Acelero, la gorda y el perrito salen volando por los aires en cámara lenta, el osito salta de felicidad en mi hombro jalándome el pelo. Ríe como si estuviera en un circo.

El primer patrullero no tarda en aparecer. Luego aparece otro, y luego dos más. Como voy por la Petitt Touars tengo suficiente carril para driblar y saltarme cuanta luz roja hay en el camino.

—Ahora sí que se me antojó un helado —dice el osito señalándome a un heladero.

—Ya te di dos —respondo.

— ¿No recuerdas tu promesa de llevarme a la playa?

Le doy al heladero. Y después a un motociclista por la última navidad. Y después a un vendedor de globos por fiestas patrias. Ahora son ya diez los patrulleros que nos siguen. Al llegar a la altura del Parque de las aguas, el osito me exige a un par de turistas porque tampoco cumplí mi promesa de llevarle al Parque de las aguas. Los estampo contra las rejas del parque y allí me quedo. Estoy exhausto. El osito no para de reír y saltar en mi hombro. Retrocedo y la voz de un policía con megáfono me pide que me detenga y libere a los rehenes. Observo el panorama: a mi espalda tengo 20 patrulleros y 100 metros adelante hay una barricada con treinta patrulleros y cinco autos blindados que custodian la residencia del embajador de los Estados Unidos.

—Dame al embajador —dice el osito.

—Ya no hay promesas por cumplir —digo—. Ya te recompensé por todo.

— ¿Y mi cumpleaños? —pregunta el osito.

— ¿Qué pasa con tu cumpleaños? Tu cumpleaños es la próxima semana —digo.

—Mi cumpleaños fue ayer —dice el osito.

Es verdad. El cumpleaños de mi hija fue ayer. Hago sonar el motor como en las películas de Hollywood. La voz del policía con megáfono me exige que apague el motor y que baje con las manos en alto.

Acelero.

Voy directo hacia la residencia del embajador.

—Eres el mejor papá del mundo. Te amo —me dice el osito abrazándose a mi cuello.

FIN

Por Alberto Buendía Matamoros

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