―A ver, Alberto ―se dirigió a mí el profesor de creación literaria―. Para concluir la clase de hoy ha llegado el turno de criticar tu cuento.

Todos los chicos del taller se miraron unos a otros con una sonrisa cómplice. La clase se departía en una antigua casona del centro de Lima, en lo que antes fuera un desván. Sentados en una larga mesa de madera ennegrecida, el profesor se hallaba en el centro y nosotros, sus alumnos, en torno a él, como La última cena de Da Vinci.

―Tu historia ―empezó a hablar pasando las hojas de mi cuento― trata sobre el ataque de un grupo terrorista ecológico que envenena los mares, los ríos, los lagos y todas las reservas de agua que hay en el planeta.

―Sí ―dije―. Mi idea partió de un informe filtrado por WikiLeaks que dice que el agua potable del planeta se acabará en el 2050. Y por eso este grupo terrorista decide acabar con el mundo en el 2021.

―De acuerdo ―dijo el profesor―. Partir de hechos reales para la creación de una ficción es utilizado por muchos escritores. Eso es un punto a favor.

― ¡Gracias! ―exclamé satisfecho por ese punto a favor.

―El problema…―el profesor dudó en utilizar esa palabra, y luego de pensarlo bien la descartó y se rectificó―. El “asunto” está en que este grupo terrorista está comandado por Leonardo DiCaprio. ―aquí se oyeron unas risillas que no pude identificar su procedencia.

―Lo escogí porque es un actor comprometido con la salvación del planeta ―traté de explicar las virtudes de mi héroe y las razones de su elección― y porque es muy famoso y carismático y guapo, con la capacidad de convencer a grandes masas para participar en campañas ecológicas en todo el mundo y…―nuevamente las risillas se oyeron en el silencio de mi explicación.

― A ver muchachos, más respeto ―dijo el profesor alzando la voz, pero sin la severidad con la que habitualmente mandaba callar las risillas para con otros alumnos―. Continúa, Alberto.

―Y en sus últimos discursos proecológicos, DiCaprio ha elevado el tono de sus ataques y ha empezado a plantear medidas más extremas contra las compañías que contaminan el medioambiente.

―Y por eso en tu cuento, de la noche a la mañana, DiCaprio fusiona Greenpeace con AlQaeda, volviéndose su nuevo comandante en jefe y envenena el agua del planeta sin un tiempo narrativo racional que explique sus motivos extremistas, sin un análisis concienzudo de las razones a partir de digresiones que lo muevan a actuar de esa forma, sin flashbacks o raccontos que, paralelamente a las acciones presentes, muestren una evolución psicológica o ideológica del personaje para justificar sus actos. ¡Sin nada de lo que enseñé en las clases anteriores y como te lo he recomendado desde el primer día que nos mostraste tu primera historia! ―el profesor había empezado a gritar y ahora zarandeaba mis hojas con las dos manos como si fueran una extensión de las solapas de mi camisa. Pero dio un largo suspiro y calmó su apasionada crítica a mi relato―. Y luego de que el planeta es envenenado, los sobrevivientes vagan por la tierra buscando agua embotellada y se matan por unas cuantas gotas e incluso beben sangre y comen carne humana y…

―Leí que en la segunda guerra mundial los japoneses… ―intenté explicar ese punto, pero el profesor no se dejó interrumpir.

― Y lo más terrorífico de tu cuento ―continuó diciendo―, según tu narrador, no es eso, sino una especie de árbol africano que ha evolucionado y que, en lugar de nutrirse de agua, se nutre de sangre humana, a los cuales nombras como Arbloods. Una mutación ecovampiresca ―las risillas se escucharon nuevamente y pude identificar que eran las de todos los presentes, incluso la del profesor que en ese instante se cubría el rostro con las hojas― de kilométricas raíces que buscan saciar su sed por las noches y que salen a la superficie y chupan la sangre de los humanos. ¿Es así?

―Sí ―respondí sin valor a replicar algo.

Todos quedaron en un profundo silencio y divertidamente expectantes a lo que dijera el profesor. Pero él guardó un silencio prolongado, que empezó a bajar el nivel de buen humor del ambiente, hasta volver a la seriedad habitual con la cual daba sus profesionales recomendaciones.

―De acuerdo ―dijo el profesor suspirando por la nariz―. Pero, creo yo, no sé si los demás estarán de acuerdo ―los demás asintieron incluso antes de que se diera las recomendaciones―, que deberías inclinarte más por una historia real, más cercana a lo cotidiano. ¿Me entiendes?

―Algo así como…―empecé a decir, pero el profesor nuevamente no se dejó interrumpir.

―Analiza el cuento de Ricardo ―dijo señalando a su alumno más destacado, que estaba sentado a su derecha y que cargaba en su regazo un maletín lleno de papeles y libros que pertenecía al profesor―. Su cuento trata sobre un niño que vive cerca de un camal, y a quien por su cumpleaños le regalan un cerdito, que con el tiempo crece y engorda, hasta que el padre decide venderlo para comprarse un traje nuevo. El niño despierta una mañana escuchando los chillidos de su cerdo siendo descuartizado en el camal.

Aquel cuento titulado “Trompas” era algo así como el non plus ultra del taller. Ese y el cuento “El grito de los guacamayos”, un relato que el profesor había escrito a mediados de los años noventa y que había salido finalista en un concurso literario que ya no existía.

―Quiero que escribas otro cuento ―ordenó el profesor― y esta vez quiero que sea más realista y quiero que utilices, en la medida de lo posible, todas las técnicas aprendidas en clase. ¿De acuerdo?

―De acuerdo ―respondí.

―Recuerda que la convocatoria de cuentos para la publicación de la decimocuarta antología del taller de escritura ya está por cerrar ―observó el profesor. Luego, dirigiéndose a todos advirtió―: Y quien no llegue a un nivel básico de calidad literaria no podrá salir en ella.

Salir en aquella antología era el objetivo de todo tallerista. Solo se debía escribir algo aceptable y pagar 200 dólares. Era como el espaldarazo para iniciar tu carrera literaria.

Daría mi mayor esfuerzo.

Dos semanas después, leí mi último trabajo en clase.

―A ver, Alberto ―dijo el profesor luego de un prolongado silencio. Los chicos nuevamente se miraban unos a otros con una sonrisa cómplice, pero esta vez la risa se les escapaba como escupitajos―. Tu cuento empieza bien.

No me esperaba eso. Así que no pude evitar sonreír y mostrar mi dicha a todos mis compañeros de clase.

― ¿Cuál es el título de tu cuento? ―preguntó el profesor.

―El hombre hormiga ―respondí.

―Ya ―dijo el profesor pasando las hojas de mi cuento―. Observo que has intentado crear una historia real.

―Sí ―dije.

―La historia trata sobre un niño, ¿no es así? Un niño que vive en un cerro, ¿verdad?

―Sí ―respondí.

― ¿Tú vives en un cerro? ―preguntó el profesor.

―Sí ―contesté―. En el cerro El Agustino.

―De acuerdo ―dijo el profesor―. Has utilizado una experiencia personal para crear una historia. Y eso es un punto a favor.

― ¡Gracias! ―exclamé contento por ese punto a favor.

―Y aquel niño ―continuó el profesor― tiene como pasatiempo ver a los estibadores de un mercado en sus actividades diarias de carga y descarga. Todo el tiempo está fuera de casa, al pie de la puerta de entrada o en las escaleras del cerro viendo a los estibadores. Vive con sus padres y su hermana. Pero su madre y hermana están enfermas de tuberculosis. Su padre es el único sustento de la casa, pero es un estibador y apenas alcanza el dinero para comer.

―Así es ―dije.

―El niño no va a la escuela, pues el colegio del Cerro ha perdido a su única profesora porque también ha caído enferma de tuberculosis y no hay reemplazo que quiera ir a enseñar a esa escuela por temor a contagiarse de esa terrible enfermedad.

―Eso fue real, incluso salió en los periódicos ―observé.

―Entonces tenemos otro punto a favor: recaudar información ―observó a su vez el profesor.

― ¡Gracias! ―Otro punto a favor, genial, pensé.

―Sin embargo ―continuó el profesor―, lo que al niño le resulta más interesante es ver pasar al sujeto que tú llamas…

―El hombre hormiga.

―Ya… Que es un reciclador. Y que tiene la peculiaridad de llevar sobre sus espaldas una enorme bola de botellas de plástico. Una bola tan grande que tu narrador comenta que solo una hormiga es capaz de hacer algo parecido. Y por eso el niño lo llama el hombre hormiga.

―Según un estudio, la hormiga puede cargar cincuenta veces su peso ―dije creyendo que ese dato me daría otro punto a favor, pero el profesor no lo tomó en cuenta.

―Todas las tardes ―continuó diciendo el profesor―, este personaje pasa por la casa del niño con su enorme cargamento de botellas de plástico sobre la espalda, subiendo las escaleras del cerro, hasta perderse más allá de las casas que están en la cima. Para el niño es un misterio adónde va. Pero nunca se ha atrevido a seguirlo. Hasta que el padre del niño también enferma y entonces se le ocurre seguir al hombre hormiga y descubre que es una hormiga.

―Sí ―dije.

―Una hormiga gigante ―dijo el profesor.

―Así es.

―Una hormiga alienígena.

―Una hormiga prehistórica ―aclaré.

―Una hormiga prehistórica ―repitió el profesor―. Una hormiga prehistórica… ―volvió a decir.

La clase quedó en silencio expectante, esperando a que el profesor continuará con su crítica. Sin embargo, el profesor continuó sin decir nada. Parecía que esta vez mi cuento lo había convencido, había logrado su interés y estaba camino a publicarse. Mi carrera como escritor había empezado.

Pero el profesor se levantó tirando la silla a un lado con el impulso de su cuerpo y dejó los papeles de mi cuento con un golpe seco sobre la mesa y dijo:

―Necesito ir a cagar.

Nadie se esperaba que dijera eso. ¿Había dicho cagar? 

Tras una breve reflexión, la mitad de la clase estalló en carcajadas y la otra mitad empezó a sacar trocitos de papel higiénico de sus mochilas para entregarlos al profesor. Por mi parte, creí que el profesor tomaría mi cuento y se llevaría las hojas para limpiarse el culo. Pero dejó los papeles sobre la mesa y ordenó a Ricardo, su alumno más destacado, que lo reemplazara.

―Ya no puedo aguantar más ―dijo el profesor.

Dicho esto último se retiró del salón.

Nos quedamos en silencio, y Ricardo, sentándose en la silla del profesor con suma ostentación, tomó las hojas de mi cuento y empezó a hojearlas. Ahora ya nadie evitaba reírse ni ocultar su burla.

―Hasta que un día ―empezó a decir Ricardo con una sonrisa que no le cabía en el rostro―, el padre del niño enfermó de tuberculosis. Y fue entonces que el niño se atrevió a seguir al hombre hormiga hasta lo más alto del cerro para descubrir en dónde quedaba su hogar ― Sin dirigirse a mí preguntó―: Una escapatoria, ¿verdad? Un acto de evasión, ¿no es así?

No respondí a las preguntas y seguí callado, observando los papeles que Ricardo arrugaba con sus blancas y rechonchas manos de tallerista-talentoso y haciendo oídos sordos a las risas de los demás.

―Y entonces ―prosiguió Ricardo― el niño fue detrás del hombre hormiga. Él no se había dado cuenta de la presencia del niño y subió y subió a lo alto del cerro con su enorme carga a las espaldas. Entraba por un pasaje y salía por otro, siempre subiendo las escaleras. Y cuando las escaleras se acabaron, continuó subiendo por caminos abruptos hasta llegar a una pendiente que se perdía en una curva, para luego entrar a una cueva. ―Y deteniéndose un instante me preguntó―: ¿Una cueva en la cima de un cerro? ¿Hay una cueva en el cerro donde vives? ―No esperó una respuesta, sino que recorrió con la mirada los rostros de los talleristas buscando la aprobación a su sarcasmo y hallándola en todos.

―Y lo mejor viene ahora ―continuó Ricardo―. Al instante en que la cueva se cerró, ¡ciérrate, Sésamo!, ―Las risas estallaron en la habitación (lo de “ciérrate, Sésamo” no era parte de mi historia) ―, y el niño quedó dentro de la cueva, el hombre hormiga dejó caer su carga al suelo, quitándose luego su disfraz de ser humano. Y lo increíble era que el ser que usaba el disfraz de ser humano era una hormiga gigante ―Las risas volvieron a estallar en la habitación―. Y bueno, el niño en lugar de huir se acercó a la hormiga y le dijo que quería ser su amigo. Y la hormiga, que había aprendido el lenguaje de los humanos, aceptó ser su amigo, pues el niño era la única persona que lo saludaba cuando él subía con su carga de botellas. Y cuando el niño le preguntó quién era en realidad, la hormiga le contó que ella pertenecía a una antigua especie de hormiga gigante que habitó la tierra hace millones de años y que ella era la última hormiga de esa especie. Y ahí lo tienen: todos los días el niño iba a visitar a la hormiga y conversaban de esto y aquello y la hormiga le contaba de su antiguo pueblo de hormigas, de la forma en que vivían, de la reina hormiga, de las batallas con otras hormigas, de la supervivencia con otros insectos gigantes y muchas, muchas cosas más. No obstante, la familia del niño fue empeorando en su enfermedad y los doctores no les dieron posibilidades de recuperarse. Así que el niño, muy pronto, se quedaría solo en el mundo.

Ricardo tomó aire para continuar con el repaso de mi historia. 

―Una noche de rayos y truenos. ¿Es posible eso en un clima como el de Lima? Bueno, no importa. Una noche de apagón y que extrañamente hubo rayos y truenos, cuando el niño veía a su familia agonizar, el hombre hormiga hizo su aparición en la casa del niño. No llevaba puesto su traje de hombre, su figura de hormiga gigante era detallada por los rayos que entraban por las diminutas ventanas de la casa. Sus ojos, eso sí, brillaban todo el tiempo, era amarillos y enormes. En una de sus patas llevaba una botella de plástico con un líquido verde fosforescente.

―Si quieres salvar a tu familia ―dijo Ricardo subiéndose a la silla e imitando, supuestamente, a una hormiga gigante― dales de beber esto.

― ¿Qué es eso? ―dijo Ricardo imitando la voz de un niño.

―Es una medicina para su enfermedad ―se respondió Ricardo como el hombre hormiga. Sus brazos formaban una curva, como imitando un par de tenazas gigantes.

― ¿Se pondrán bien? ―preguntó Ricardo con voz de falsete. 

―Sí, vivirán. Pero se volverán hormigas, igual a mí ―se respondió Ricardo alzando los brazos y posando como físico culturista (Y las risas de mis compañeros, claro, como fondo musical)―. Serán fuertes, no habrá enfermedad que los mate. Pero se volverán hormigas gigantes, igual a mí. Tú decides: verlos morir o verlos vivir. Si decides convertirlos en hormigas, entonces podrán vivir conmigo en la cueva.

―Así que el niño aceptó el trato ―continuó Ricardo bajándose de la silla―. Sus padres se volvieron unas monstruosas hormigas gigantes, sanas y vigorosas. El niño quedó tan sorprendido por la recuperación de su familia que pidió a la hormiga gigante más de aquella medicina milagrosa. Así que el niño se dedicó por las noches a entrar a las casas de los vecinos enfermos de tuberculosis para salvarlos de la muerte. Sin embargo, una población de hormigas gigantes empezó a poblar el cerro. Y la noticia muy pronto llegó a oídos del gobierno estadounidense, el cual decidió exterminarlos, viendo que una especie nueva y fuerte podría invadir el mundo. Así que la guerra empezó… ¿Nuevamente el apocalipsis, Alberto? ¿Es que acaso no puedes escribir sobre otra cosa? ―preguntó Ricardo, pero no espero respuesta―. Las bombas nucleares estallaron en Lima, la ciudad desapareció, la radiación mató millones de personas, animales y plantas en el país; pero las hormigas fueron aumentando y muy pronto el mundo sucumbió a su poder. Y colorín colorado este cuento se ha terminado.

Todos estallaron en carcajadas y en aplausos festivos, algunos con lágrimas en los ojos de tanto reír. 

El profesor apareció tras nosotros ajustándose el pantalón y con su habitual circunspección para dar su veredicto, empezó a decir:

 ―Nuevamente lo hiciste, Alberto. Tenías una historia real y seria y lo llevaste hacia lo absurdo. ¿Por qué haces eso? ¿Cuál es tu obsesión con el fin del mundo? ¿Por qué siempre la vida en el planeta debe acabarse? Si no es una bomba nuclear, es un meteorito. Si no es una alienígena, es un monstruo. Si no es un virus, es el calentamiento global. Tu imaginación está abocada a la destrucción, no a la vida, no a la esperanza. El impulso que te lleva a escribir diariamente está relacionado a la catástrofe, a la destrucción. Todos tus personajes deben sucumbir, todos tus personajes tienen un final trágico. Si por lo menos los finales que inventaras tuvieran lógica, podríamos trabajarlas hasta que sean mínimamente aceptables. Pero no. Hormigas gigantes. Árboles chupa sangre. Leonardo DeCaprio y AlQaeda. ¿Qué diablos lees? ¿Qué demonios te inspira? ¿Por qué mierda escogiste mi taller?  Tu problema es la muerte. No la tuya, sino la de nosotros. Tú quieres que el mundo se acabe. Detestas la vida, odias este mundo, aborreces la creación y por eso nunca, nunca, nunca, pero nunca, nunca serás un escri…

Entonces sucedió. Fue como si un gigante borracho empezara a darle de patadas a la casa. Doscientos años de fuerza acumulada estallaron en ese instante. No tuvimos tiempo ni de saltar por las ventanas. Los científicos lo habían predicho, pero el cálculo les quedó corto. Se pronosticó unos 8.5 grados, pero fueron 9.6. Se esperaba medio millón de víctimas, pero fueron más de dos millones, sin contar al millón de desaparecidos porque la tierra se abrió y se tragó literalmente quinientas mil viviendas. El mar inundó los distritos costeros. La precariedad de las viviendas aumentó las muertes. El terremoto más poderoso de todos los tiempos. El mundo siempre nos recordaría. 

No obstante, yo salí de entre los escombros totalmente ileso.

Busqué algún sobreviviente, pero sólo encontré el brazo del profesor en alto, sosteniendo mis hojas. No pude hallar el resto de su cuerpo. Para mí, esto era la mano de Dios dándole su bendición a Adán, como en la capilla sixtina de Miguel Ángel.

Cogí los papeles y, secándome las lágrimas de la emoción, me largué de allí.

FIN

Por Alberto Buendía Matamoros

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