Tinta Naciente

Revista literaria de los estudiantes de la especialidad de literatura de la Universidad Nacional Federico Villarreal

  • Entrevista con el caníbal (entrada de prueba)

    Hace solo cinco horas he llegado de Japón luego de entrevistar a Haruki Murakami por la publicación de su última novela After Dark. Como todos mis compañeros de la revista saben, Murakami es un escritor huraño, que apenas si se deja preguntar un par de cosas. Lo que he logrado es para ellos un acontecimiento que debe celebrarse con una cena bohemia que, para la sorpresa de la directora, insistí en prepararla yo mismo.

    —Esta cena es exquisita —me dice Noelia, directora de la revista.

    —Solo es ensalada Waldorf, patatas y carne —respondo yo tratando de ser humilde. 

    —Es verdad, Andrés, todo te ha salido para chuparse los veinte dedos —ríe José, el crítico literario, y alzando su copa brinda—: Por ti, Andrés, por tu gran entrevista con Murakami. Ten por seguro que el número de noviembre será un éxito rotundo.

    —¡Salud, Andrés! —brinda Stefany, la correctora de estilo, guiñándome un ojo, alentándome a que más tarde una fiesta privada se celebre entre los dos.

    —¡Salud! —brindan los demás escritores, las dos traductoras, el fotógrafo y el editor, quien choca su copa con la botella, pues nadie quiere brindar con él.

    —Pero dinos, Andrés, estuviste dos días en Japón. ¿Qué más hiciste? —me pregunta Noelia con una sonrisa de complicidad en sus pequeños labios rojos—. El primer día fue la entrevista con Murakami. Se suponía que debiste tomar el primer vuelo a Madrid. Pero me llamaste para pedirme un día más. Sabes que tengo que hacer llegar los gastos a la administración y debes darme una coartada.

    Yo guardo silencio.

    —Vamos, dinos, ¿a dónde fuiste? —pregunta José—. ¡Suelta de una vez, hombre! 

    —Seguro se fue de compras —dice Stefany sirviéndose vino hasta derramar un poco sobre el mantel—. ¿Nos compraste algo?

    —La verdad —respondo mientras trato de salvar mi mantel con una servilleta y cuidándome de no parecer un relamido—… fue por motivos profesionales.

    —¿Trabajando para la competencia? Recuerda que tienes un contrato por exclusividad —Trató de ser socarrón el editor… No lo consiguió. Todos lo miraron serios. Sin embargo, esta interrupción ayudó a darle cierto aire de misterio a lo que yo iba a decir.

    —En realidad fue por un motivo más personal. Como sabrán algunos yo trabajé como traductor hace ya varios años en la desaparecida editorial Caribdis. Su dueño, un tipo obsesionado con temas oscuros y prohibidos, me contrató para traducir las memorias de Issei Sagawa… Claro está que el libro jamás se publicó. Desconozco el porqué. Sin embargo, aquel libro jamás se pudo borrar de mi mente. No importa cuantos años pasaran. Así que me prometí que al tener la primera oportunidad de estar en el Japón entrevistaría a Issei Sagawa y le preguntaría un par de cosas —Al decir esto el rostro de José empalidece; sabe quien es Sagawa—. Para ello, y por esto me disculparás Noelia, fui en nombre de la revista, porque Issei solo le abre la puerta a los medios. Si hubiera ido como el adepto que soy de su literatura jamás me hubiera permitido entrar a su casa.

    —¿Quién es ese Sagawa? —pregunta Stefany con una sonrisa boba, producto del alcohol. Sus ojos son ya dos brillantes luceros perdidos y su cabello dorado cae deliciosamente en sus hombros desnudos.

    —Issei Sagawa es un caníbal —respondo como se le responde a una niña quién es Dios o quién es Satanás—. En 1981 asesinó de un escopetazo a Renee Hartevelt, una estudiante de veinticinco años que estudiaba literatura francesa… Luego se la comió —Continúo el relato de mi entrevista sin dejar tiempo a que alguien me interrumpa pues noto que varios desean cambiar el tema—. Al llegar a su casa, para cenar, lo saludé respetuosamente y le mostré un Château Pétrus Bordeaux. Al verlo, Sagawa aplaudió de puro entusiasmo y entrando a la cocina sacó dos hermosas copas Riedel para catar mi obsequio.

    —Es un vino delicioso —me dijo Sagawa al probarla—. La cena ya está servida.

    —Nos sentamos a la mesa y comimos una ensalada Waldorf, patatas y carne. Algo muy simple. Mientras cenábamos inicié la entrevista. Dejé de lado todo lo referente a  Renee Hartevelt y a sus libros sobre canibalismo, es decir: no me interesaba lo que todo el mundo ya sabía; Sagawa había dado muchas entrevistas. Lo que yo quería saber era su opinión sobre los relatos caníbales de otros escritores, es decir: las ficciones o realidades que él encontraba en ellas.

    —¡Ah! Muchas de esas lecturas, gastronómicamente hablando, son malas —me respondió Sagawa—. Lamentablemente los autores no conocían a fondo sobre el tema… Verá: usted habrá leído a Poe y su Arthur Gordon Pym; pues carece de verosimilitud; allí se cuenta que devoraron a Parker con un simple cuchillo de caza. Eso es imposible. Y no sólo eso: Poe dice que arrojaron los pies, las manos y la cabeza al mar. ¡La cabeza, pésima idea!: los pómulos, la nariz, las orejas, ¡la lengua!… ¡Qué exquisitez! Arrojaron al mar lo mejor que uno puede disfrutar en esta vida.

    —Pero era la primera vez que comían un ser humano, no tenían ninguna experiencia —observé yo.

    —Tampoco yo la tuve al comerme a Renee —observó a su vez Sagawa. 

    —Es verdad. ¿Cuál es el relato más real en su opinión? —le pregunté entonces.

    —A parte de la mía… Sin duda el de Papini. Es que… Verá: Papini tiene razón al decir que el alma del devorado se queda dentro de nosotros. Yo creo que el alma de Renee está dentro de mí. Es ella quien me atormenta. Es mi castigo por devorarla… —Su tristeza parecía ser sincera. Sin embargo lo siguiente lo dijo con mucha irritación—: ¡No es cierto que me sienta orgulloso por devorarla! ¡No soy como aquella gentuza que sintió “felicidad” al comerse a Grenouille! 

    —¿Su acto no fue por amor?

    —Uno jamás mataría lo que ama.

    —¿Y qué es lo que lo atormenta?

    —¡El regusto! —Me respondió, expulsando unas gotas de saliva que fueron a caer en su plato—. Verá: una vez que se ha comido carne humana, uno ya no puede dejar de hacerlo.

    —¿Quiere decirme que lo ha vuelto hacer? —pregunté yo sorprendido pues en todas sus entrevistas había negado rotundamente haberlo hecho.

    —¡Pues claro que sí! Sólo que ya no soy yo quién busca el ingrediente principal. Tengo un proveedor que me entrega unas carnes muy frescas. 

    —Quiere decir…

    —¡Oh!¡No! ¡No! Ya están muertas. Son mujeres jóvenes que fallecen y sus familiares piden la incineración del cuerpo. Ya sabe… si falta una pierna o un brazo nadie se da cuenta. 

    —¿No teme que la policía se entere?

    —No. Mi papá lo tiene todo arreglado.

    —¿Quiere decir que su padre también sabe de esto? —pregunté con una falsa sorpresa: ya en 1981 su papá (una de las empresarios más ricos del Japón) había logrado sacarlo de prisión. 

    —Sí. Logré convencer a mi papá al prometerle que me portaría bien si él me proporcionaba uno que otro “bistec” por lo menos una vez al mes. Así he podido seguir disfrutando de ese delicioso manjar. Pero, claro, no es igual, nunca será igual como aquella vez —Su mente regresó a ese 11 de junio 1981. Estuvo soñando despierto por lo menos cinco minutos, al despertar retiró los platos de la mesa y volviendo de la cocina con un paquete en sus manos me dijo—: Miré. He aquí un buen trozo de carne humana—. Yo me quedé absorto, contemplando aquella carne roja cubierta por una delgadísima capa de grasa… Después miré a Sagawa directamente a los ojos… Entonces supe lo que él iba a hacer… Regresó a la cocina… Empecé a oír un sutil ruido de sartenes… Luego escuché como encendía la hornilla eléctrica… Varios segundos después el ruido de la carne friéndose en aceite y sobre todo el aroma de la carne se expandió por toda la casa. Cuando hubo terminado volvió con dos platos. Puso uno frente a mí y a su lado colocó un cuchillo y un tenedor—. ¡Bon appetit! —me dijo y se puso a comer. 

    Todos mis compañeros guardan silencio. Nadie se atreve a decir algo. Por fin uno de ellos, se aventura a preguntar: «¿Comiste?».

    —Sí, comí. La verdad no estaba mal. Cuando le pregunté qué parte del cuerpo estábamos comiendo, me respondió que era una pierna. Al comentarle que la carne era muy suave, se sintió halagado y me dijo que pertenecía a una joven de diecinueve años. Desconocía los motivos de su muerte. Pero me aseguró que era carne segura. Después continué con mi entrevista, que habrá durado unas dos horas. Antes de despedirme, Sagawa me dijo que no publicara nuestro pequeño “aperitivo” en mi artículo, pues las tendría bien gordas con la policía, pero sobre todo con su papá, pues si se enteraba que había cometido la estupidez de declarar a la prensa que aún practica su afición por la carne humana, esta vez no lo ayudaría a salir del hospital psiquiátrico.

    —Le pido, por favor, que no lo escriba. Sus preguntas me abrieron el apetito. ¡Realmente ha sido un gusto charlar con usted! 

    Luego, como le había caído bien y le había llevado un excelente vino Pétrus, insistió en obsequiarme el resto de la carne que estaba en el congelador. No quise rechazar su regalo y acepté encantado, pues ya saben lo que le pasó a Renne Hartevelt cuando lo rechazó allá por 1981.

    Todos continuaron en silencio y espero a que alguien me pregunte: «¿Qué hiciste con la carne?». 

    —¿Qué hiciste con la carne? —pregunta, al fin, uno de ellos.

    —¡Bon appetit! 

    Todos se ríen de mi historia creyendo que es una broma. ¡Bueno! Quizá sea mejor así. Al traer otro vino Pétrus de la cocina, rozo los provocadores hombros de Stefany, aceptando su invitación a nuestra fiesta privada.

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