Por Jairo Lucio Sánchez

Terminé a dar por la plaza Francia, luego de haber cruzado una parte de la avenida Camaná. Por estas calles angostas coloreadas de un pálido gris, me envolvía el olor del humo que se desprendía de los autos que pasaban a centímetros. A unos pasos se levantaba una galería y su fachada polvorienta (como todo a la vista), donde entré sin nada en particular en mis pensamientos: solo quería distraerme, perderme, con cualquier cosa que se me presentara. Dentro de la galería había algunos puestos, y en esos puestos, al parecer, se vendían diferentes antigüedades. Al avanzar un poco más por la galería, me detuve para observar un puesto de libros donde un viejo, el dueño, sentado en un sillón, también viejo, hablaba con unos muchachos.

—Si compran un libro, luego pueden venir a cambiarlo por otro del mismo precio.

Desde mi lugar, con un sentimiento de rareza al ser mi primera vez aquí, apreciaba los libros con pastas dañadas y hojas amarillentas, enseñadas por el dueño. Seguía mirando, como un idiota, hasta que un olor de lo más insoportable (desde un buzón de desagüe semidescubierto) llegó a mi olfato y, como reacción, me tapé la nariz con la mano derecha.

—¿Busca algún libro, señor?

—No disculpe.

Me adentré un poco más. En el siguiente puesto había vajillas de porcelana, algunos candelabros de bronce algo verdosos y opacos, y diversos cubiertos de distintos matices en su brillo: todo traslucía una época pasada, recuerdos del recuerdo de otros, dejados en el olvido de los años. En el centro de la galería había un baño construido en una especie de sótano; por encima, por la ausencia de un techo (cada puesto tenía uno propio y luego todo estaba libre), se veía el cielo gris del invierno, que solo permitía pasar los residuos de la luz de un sol en sus últimos suspiros; en la esquina cerca del baño, o encima se podría decir, otro viejo, de barba larga con una mezcla entre blanco y gris, limpiaba los bordes de unos cuadros atados por cuerdas. Miraba cómo, con un trapo hecho de un polo cortado, el viejo removía el polvo acumulado en los marcos de los cuadros. Caminé hacia él, mientras el sentimiento que me trajo aquí seguía vivo, flameaba en mi conciencia, y me hacía formular preguntas informes y vagas.

—Buenas, ¿busca un cuadro? Me han llegado unos que están hermosos. En un momentito los termino de limpiar y se los muestro. Seguro que le va gustar alguno.

Levantaba mi mano derecha para rechazar su oferta, pero me detuve; me detuve de levantar la mano y me quedé a esperar. El viejo desató las cuerdas que ataban los cuadros. Eran cinco. Separó cada cuadro y los puso de pie, sobre una manta grande de franela roja, con minucioso cuidado. Luego, ya separados los cincos, mis ojos no se despegaron del cuadro del medio, mientras el viejo ahora limpiaba cuadro por cuadro.

Nunca fui un admirador de cuadros, pues solo la literatura y la música, en el campo del arte, han tenido mi afecto; pero ese cuadro, esa pieza que solo veía parcialmente, más que mi curiosidad tuvo mi admiración. ¿Quién fue el artista? ¿Qué genio pintó esta belleza en unos tonos deliciosos que muestran la paciencia y la sutileza de su personalidad? ¿Por qué ese cuadro terminó aquí, en un lugar como este, y no en un museo, o una galería de arte, siendo exhibido? ¿Quién fue la musa a la que, acaso, el artista embelleció más de lo que ella era en realidad?

—Ya está, ¿qué le parecen? Puede acercarse a verlos de cerca, sin compromiso.

No fueron necesarias sus palabras: me acerqué apenas se alejó el viejo con (supongo para él) una casual sonrisa, sin mostrar sus dientes, formada apenas con sus labios agrietados y secos. Su puesto era bañado ínfimamente por la luz de canela producida por una bombilla de pocos vatios; desde el cielo ya casi no había nada que pudiera alumbrar: una noche fría de luna ausente era cercana. Ignoré los otros cuadros y levanté con ambas manos el de ella, por quien estaba tan atraído, sin importarme que, al hacerlo, se ensuciaran las mangas de mi saco.  La muchacha del cuadro traslucía una mirada inalterable hacia un costado; era una inclinación cautivante y melancólica de su cabeza hacia el vacío.  Sus rizos castaños caían sobre sus hombros, sobre su vestido color crema. Y, levantando un poco sus rodillas, estaba sentada sobre su sombra, donde también sus manos convergían detrás suyo. ¿Por qué se veía tan solitaria? Acariciaba con mis dedos el áspero y a la vez encantador cuadro con gran concentración, que por un momento olvidé completamente donde estaba parado. El viejo, muy amable, no dijo nada cuando salí yo de mi ensimismamiento; solo se ciñó a unas cuantas palabras dichas antes:

—¿Qué le parece?

—Hermoso

—Se lo dejo en setenta solcitos.

¡Cuánto me gustaría saber el nombre de esta musa! ¿Setenta soles? ¿Tan poco valor tiene esta obra de arte? En la esquina inferior derecha se veían las siglas C. F. como firma del artista; en la parte de atrás, cerca al marco superior, había un papel deteriorado y amarillado, pegado al marco como si fuese un sticker, donde, con mucho esfuerzo y, a pesar de no entender lo que decía, leí una frase escrita: «Seras-tu encore là, quand je me réveille ? G…»

Saqué un billete de cien de mi billetera.

Luego de pagar, de haber rechazado el vuelto y de negarme a regresársela al viejo para que este le quitase el polvo restante, me llevé entre los brazos a la musa. La abrazaba con mucho, mejor dicho, exagerado cuidado, para no herirla en mi regreso a casa. ¿Acaso por temor a que el viejo dañara la parte de la pintura no le devolví el cuadro? No, esa no era la razón…

Y sentía cómo algunas miradas de adoración (parecidas a la mía cuando la contemplé en el puesto del viejo) se arremolinaban alrededor del cuadro, de ella. Le di la vuelta, con calma, para continuar mi trayectoria que se extendía desde la Plaza Francia hasta la Colonial, donde se hallaba mi morada que, seguramente a esta hora, estaría vacía.

En plena vereda, justo antes de llegar a Colmena, unos…, un grupo conformado por tres hombres de edad media, con trapos que no podían llamarse ropa y “peinados” que no podían llamarse peinados, entre risas sonoras y palabras confusas, bebían del contenido de una botella de plástico. Probablemente era una mezcla de algún licor y gaseosa. Mis pasos dejaron atrás a ese grupo; ya no se sentían las miradas hacia la musa. Ninguna. En el trayecto, un viento frío se esparcía por mis brazos, mi cara, sumado al olor a orina de las paredes cercanas que me atestaba la nariz en cada respiro. Pero ya faltaba poco para llegar a casa, para limpiar yo mismo los restos de polvo sobre la musa, y así destinarle un lugar donde pudiera contemplarla cuando yo desee.

Me detuve frente a casa y, al girar la perilla de la puerta y deslizarme entre la oscuridad para buscar el interruptor, padecí de un alivio extraño e intenso, como si me embriagase la sensación de una victoria absurda, solo por el hecho de haber llegado con el cuadro intacto. Encendí las luces del pasillo de la entrada e hice lo mismo con las luces de la sala, donde teníamos (sí, teníamos) un cuadro de Vallejo colgado en la pared, arriba del sillón más grande, junto con otros dos repartidos en las paredes, de unos paisajes desconocidos e insípidos para mí. Dudaba sobre poner a la musa en el lugar de alguno de esos paisajes, o en el lugar de un Vallejo que se mostraba serio, sosteniendo su quijada con la mano. Pero, una vez me senté en el sillón, concluí que lo mejor sería poner a la musa en otro lugar, uno solo para ella (y para mí), donde su belleza no tuviese que soportar la presencia de un paisaje penoso cerca.

Y, sin embargo, también empecé a dudar de llamarla «musa», pues la generalización de ese nombre implicaba que no le pertenecía solo a ella; no, ¡no merecía ser comparada con alguien más! En eso distinguí, sobre el vestido, una letra cerca de su pecho; una «G» que resaltaba tan bien, que me sorprendí de no haberla notado antes. ¿No era la misma escrita en la frase pegada en la parte posterior? El artista de seguro la dejó como memoria de su musa. Aunque no entendía el enunciado de atrás, esa inicial de seguro era la de su nombre. Aquel nombre llegó a mí como una gota de lluvia tras un tiempo de sequía, nombre que quedó grabado profundamente en mi memoria, como si hubiese sido escrita cuidadosamente con una pluma. Miraba hacia el cuadro y, al mismo tiempo, se ataba y se extendía un nudo en mi pecho, al cruzarse por mi cabeza la idea de que, quizá, ella no fue feliz: un cuadro que no solo albergaba belleza sublime, sino también soledad y melancolía indecibles.  No había nada que acompañase a Gabriela (sí, ese era el nombre que de seguro le pertenecía) en ese lienzo más que su sombra. Sentía que algo recorría mis mejillas; era tibio y bajaba lento.  Me quedé contemplándola, a su dulce y solitario aspecto, con la humedad de unas lágrimas continuas en mi rostro.

De pronto, escuché el sonido de la puerta. Era Rita y me encontró sentado con el cuadro sobre mis piernas. Me limpié disimuladamente el rostro y también traté de disimular la voz para decir algo, pero ella se adelantó:

—¿Saliste temprano de la oficina hoy? Vamos al comedor, traje algo para la cena.

Fui al dormitorio y dejé en un rincón el cuadro de Gabriela, antes de ir al comedor.

Comíamos. Solo intercambiábamos miradas disimuladas, como diciéndonos: «Vamos, vamos, di algo tú». En el fondo, sabía que sería el comienzo de algo, o más bien el fin; tenía sospechas; no quise aceptarlas, porque aceptar era rendición, y yo soy un mal perdedor. Pasaron unos minutos, algo largos a pesar de su brevedad, y lo que presentía, lo que ya mi mente había previsto y negado, se volvía parte del ahora y no de una simple posibilidad.  Una polilla jugaba con la luz del centro; su sombra inquieta se veía a espaldas de Rita. Sus labios… se abrían. Yo veía cómo esa carne rojiza se separaba lentamente, ya casi sabiendo lo que su voz diría.

—Alfonso, he estado pensando esto por mucho tiempo…

Entonces, comprendí todo; llegaba a mi mente la realidad de las ideas que ya tenía sobre lo que podría ocurrir, con cada palabra suya. La escuché decir lo que tenía que decirme; acepté también todo.

Horas después, cuando esperaba en el dormitorio alguna palabra quizá olvidada, entendí que Rita no vendría durante todo el resto de la noche; y al ver en detalle a mi alrededor, me percaté que tampoco estaban sus cosas. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Al día siguiente miré sus maletas cerca de la entrada, ya listas; supuse que no podría ir con ellas al trabajo y que luego las recogería. Me alisté como todas las mañanas para ir a laborar, pero sentía que se me habían ido las fuerzas y que todo me daba vueltas. Tal vez fuese porque ayer no había comido casi nada (me perdí el almuerzo y luego de escuchar a Rita dejé el resto de la cena intacta). Y, sin embargo, distinguía claramente dentro de todas esas sensaciones confusas, un anhelo hacia el olvido perenne. Fui a la sala. Al ver a Vallejo, recordé algunos de sus versos que, cuando joven, me entristecía el leerlos:

¡Ausente! ¡Y en tus propios sufrimientos

ha de cruzar entre un llorar de bronces

una jauría de remordimientos!

Regresé al dormitorio y me recosté de lado sobre la cama. Con el cuadro apoyado entre el piso y la pared, visible así a mis ojos, me puse a apreciar a Gabriela. Al profundizar en mis pensamientos (intento vano y reñido), mi mente sucumbía más bien en el pasado, en mis recuerdos. ¡Cuántas noches serían las que terminarían abandonadas, sin el perfume delicioso que el cuerpo de Rita prendía en el mío! No habría más de ella. Así creía entender la tristeza del cuadro: la de Gabriela y la del artista…

**********

               No recuerdo cuánto tiempo estoy echado sobre la calidez de las cobijas en la cama, y en eso me parece ver que Gabriela surge del cuadro. Y, de hecho, eso se presenta a mis ojos: sale, se acerca y frota suavemente sus manos por mis cabellos. Su mirada acompaña a sus caricias. Esa mirada hace evocar en mí una frase de D’Annunzio que leí hace un tiempo: «Hay ciertas miradas de una mujer que el hombre no cambiaría por la entera posesión del cuerpo». Encuentro tanta afinidad entre esa frase y este momento, porque con tan solo una mirada de Gabriela ya me siento saciado.

        Sé que esto no puede ser real y aun así quiero que sí lo sea, digo al vacío sordamente, llamando acaso a un deseo irrealizable. Y me parece escuchar un rumor dulce, ligero; suena su voz, en una intensidad que me da más razones para atribuir todo esto a la bella fantasía. Su voz tiene algo de la voz de Rita. Sus manos siguen frotando mi cabeza, junto con sus labios que cantan una canción sin letra. De pronto, Gabriela se inclina un poco, como para dejar un susurro más cercano, acaso un beso; pero mis ojos se cautivan con la forma de sus pechos y, apenado por el contraste entre la clara pureza de su acción y mis pensamientos lascivos, los cierro y pierdo todo rastro de aquella cercanía.

Con los ojos cerrados, su canción me lleva años atrás: vienen a mí unos recuerdos de mi infancia, cuando en las noches de sueño difícil, mi madre aparecía y frotaba, con sus manos, mi cabeza y susurraba una canción similar, para que yo pudiera dormir. Sí funcionaba lo que mi madre hacía en ese entonces, pues mientras en su rostro había una gran sonrisa, yo sentía la cercanía de un sueño ameno.

Abro los ojos: aún parece tener efecto ese tipo de caricia, ese tipo de canción sin letra, y eso me alegra mucho, porque mientras Gabriela toca mis cabellos, y su mirada me acaricia, y el rumor de sus labios me sosiega, advierto un poco de tranquilidad venidera. ¡Ah, tan real!, casi puedo saborear ese momento… Esa paz, ¿me permitirá descansar un poco? Eso al menos, sea o no sea esta situación, esta realidad, un sueño, para así poder abrir los ojos en el presente al despertar.

FIN


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