A lo largo de los amplios valles que preceden al Bosque de la Sombra Errante, las mesetas elevadas se alzan como silenciosos guardianes de piedra. Allí, más allá de las llanuras, donde habitan los elfos, Ysmael, recién llegado a la mayoría de edad, deseaba probar su valor.
Pese a las advertencias de los ancianos y las historias de quienes nunca regresaron, partió una tarde, cuando todos estaban ocupados con sus labores. Se deslizó entre la multitud y desapareció hacia la base de las rocas erosionadas por el tiempo.
El paso hacia el bosque era angosto, como un corredor natural que conducía a la espesura. A medida que avanzaba, las sombras de los árboles se extendían a sus pies, alargándose con la luz menguante.
—Bien… no es tan malo —murmuró, recuperando poco a poco la confianza—. Decían que era peligroso. Solo es un bosque. No hay nada que no pueda enfrentar.
Caminó con decisión, sin detenerse. Sin embargo, donde hay luz, hay sombra. Y en la espesura siempre acecha lo que no desea ser visto.
Lo que él ignoraba era que Coalt, guardián de aquellos bosques y el más antiguo de su especie, ya había percibido el aroma de una sangre joven impregnada de miedo. Desde hacía horas vigilaba la entrada del bosque, atento entre los árboles. Nadie osaba cruzar aquel umbral desde hacía años, desde que devolvió el cuerpo de un elfo que se atrevió a desafiarlo.
— Seres inferiores… no aprenden ni cuando su sangre ya ha sido derramada.
Ysmael avanzaba, inadvertido de los ojos que lo seguían a cada paso. Solo cuando el crujir de la madera frente a él rompió el silencio, se detuvo y alzó la lanza que le habían dado para entrenar en el valle. El sonido de varias respiraciones contenidas lo mantuvo alerta, firme, con la mirada recorriendo los árboles que lo rodeaban.
— Aunque esta lanza sea débil… — apretó el arma con ambas manos—. Aquí les espero.
Los gruñidos no se hicieron esperar. De entre los árboles emergieron un par de criaturas oscuras, semejantes a los lobos grises que Ysmael había visto en el valle, aunque más grandes y deformes: cuerpos musculosos, lomos recorridos por tentáculos serpenteantes y ojos que destellaban hambre. Avanzaban despacio, moviéndose a ambos lados del joven elfo, cercándolo. Las mandíbulas se abrieron con un resoplido, saboreando el aire, impacientes por su sangre.
El agarre de Ysmael en la lanza se tensó. No retrocedió. Solo los observó, conteniendo el miedo que latía, a punto de desbordarse en su pecho.
— ¿Qué esperan? — murmuró en voz baja, sin apartar la mirada de ambas bestias—. ¡Ataquen!
—¡NO! —retumbó una voz detrás del joven elfo. El grito fue tan profundo y poderoso que sus instintos se activaron de inmediato; el miedo lo recorrió como un rayo. Incluso las bestias se detuvieron, bajando la cabeza después de mirar fugazmente detrás de él.
—Llegas armado a mi bosque… ¡y osas amenazarme con atacar! —tronó la voz.
Ysmael tembló ante aquellas palabras. El miedo dominaba su cuerpo, aunque su mente aún se resistía a ceder.
—Son bestias… solo eso —murmuró entre dientes, girando lentamente. Alzó la vista y se encontró con la imponente figura de Coalt.
—¿Qué…? ¿C…cómo? —balbuceó, intentando formar palabras mientras sus ojos recorrían el cuerpo colosal del ser, mitad serpiente, que lo envolvía desde la copa de los árboles hasta el suelo.
—¿Bestias? ¿Solo bestias? —repitió Coalt, su voz vibrando con furia mientras rodeaba al elfo y apretaba lentamente su frágil cuerpo inmóvil—. ¡Esto hacen las bestias!
Esa tarde, ni los gritos del joven salieron del bosque. Y en el valle, al otro lado de las mesetas, los elfos que criaron a Ysmael lamentaron su imprudencia. Erigieron un muro entre las mesetas y colocaron un memorial con su nombre, como advertencia para las generaciones futuras.
Porque la raza de la mitad serpiente era más longeva que la de los elfos… y no permitiría que otra vida se perdiera, en los lejanos años por venir, por la imprudencia de la juventud.
FIN
Por Milagros Ortega

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